Encadenados literarios

Cómo sabéis los que me conocéis, me agrada compartir con los demás agradables, para mi, descubrimientos relacionados con diferentes ramas del saber: anécdotas etimológicas, curiosas historias del saber y muchos otros divertimentos.

El otro día acudí a mi pequeña biblioteca para elegir algún libro que leer, y escogí “Omar Jayyam, poeta y matemático” de la serie “La matemática en sus personajes”, de Nívola.

Omar Jayyam es un matemático, astrónomo y poeta persa del siglo XI, conocido tanto por sus descubrimientos matemáticos como por ser autor de unas afamadas cuartetas persas, los rubaí persas. Pero ya no me entretengo más, porque el encadenado tiene que comenzar sin más dilación:

Todos conocéis mi predilección sobre el origen etimológico de las palabras. Vamos a ver el origen de la palabra asesino.

Según parece, este vocablo proviene del árabe hassasin, “adictos al cáñamo indio”. ¡Caramba, a ver si por esto no quieren legalizar la marihuana! No, no va por ahí la historia.

Cuenta la leyenda que, en el siglo XI, en una ciudad persa llamada Nisapur, vivía un afamado doctor en leyes, al que acudían alumnos aventajados para consagrarse al estudio y el aprendizaje. Allí se conocieron Omar Jayyam, Hasan al-Sabbah y Nizam al-Mulk, tres alumnos que se hicieron amigos entrañables.

Un día, Hasan dijo a sus dos amigos: “Por todos es sabido que los alumnos de nuestro imam suelen alcanzar la fortuna. Si no la alcanzamos todos, propongo que hagamos una promesa: a quien le favorezca la fortuna, la repartirá a partes iguales con los demás”. Y los tres acordaron hacerlo.

Resultó que, al transcurrir del tiempo, a Nizam al-Mulk le concedieron el cargo de visir de Alp Sarlán y, cumpliendo con la promesa adquirida, llamó a su lado a sus dos amigos. Omar Jayyam le pidió lo necesario para poder vivir dedicándose al estudio de las matemáticas y la astronomía, y su ayuda par difundir los beneficios de la ciencia. Hasan al-Sabbah le pidió un puesto en el gobierno.

Pero resulta que el tal Hasan era un poco díscolo, y además era miembro de una facción religiosa bastante radical, y adversaria de la de los entonces gobernantes, y se dedicó a malmeter todo lo que pudo, hasta que le dieron puerta de malos modos.

Entonces, el bendito de Hasan se convirtió en el jefe de la secta persa de los ismaelíes, se apoderó de la fortaleza de Alamut y, desde ese escondrijo, se dedicó a extender el terror por el mundo mahometano.

Pues resulta que Hasan, también conocido como “el Viejo de la Montaña”, para que sus secuaces fueran feroces e inmisericordes, les metía unos castañazos importantes de marihuana, con lo que los tíos macheteaban a troche y moche a ritmo de risa floja, dejando por donde pasaban, además de todo hecho un asco tras la matanza, un tufillo que descolocaba a los comisarios de aquel entonces.

Y de ahí viene lo de asesinos, ya veis que curioso.

Y para finalizar, de Omar Jayyam os dejo algunas de sus cuartetas. Este individuo no era muy querido por los mullas o doctores de la fe musulmana, porque era un sufí tirando a ateo, y eso de la culpa le iba al pairo. Además, fue uno de los precursores del “carpe diem”:

Dedicado a los mullas,

No condenes al ebrio si no bebes,

que si Dios niega el vino yo le niego;

de no beber te jactas, mas lo que haces

es cien veces peor que la embriaguez

ó

Todo está en la tableta de lo creado.

No hay bien ni mal en el pincel del mundo.

Dios grabó en el destino cuanto existe.

Cualquier esfuerzo nuestro es, pues, inútil.

 

Su visión “carpe diem”

Son un día dos pausas, date prisa

en beber; que la vida nunca vuelve;

ya que el mundo sepulta cuando existe,

imítale y sepúltate en el vino.

 

¡Quién sabe si verás el nuevo día!

Pensar en él es ya pura locura;

vive, pues, este instante de ahora mismo

que nadie sabe lo que va a durar.